Soledades que matan

Hoy leí en Facebook un artículo escrito por George Monbiot en Octubre pasado acerca de cómo hemos olvidado nuestra dimensión social y nos hemos colocado en la infinita soledad del individualismo. Una soledad que en el mundo más rico afecta a chicos y a grandes, jóvenes y viejos, ricos y pobres. Es el individualismo que resultó de la etapa más reciente de la globalización de los mercados.

Llajtay proporcionado

Durante las semanas recientes hemos podido sentir en carne propia cómo los cambios de vida se expresan en los diferentes lugares. Hace dos semanas culminamos seis meses de vida en La Paz, pasamos luego por Bogotá (donde nací y viví unos buenos años) y llegamos al Reino Unido, donde vivimos los últimos 14 años.

No sé bien porqué, estos cambios me llevaron a recordar los ‘manuales de educación de Carreño’ que de chico conectaron mi vida Bogotana con lo más avanzado de los modales en la mesa y en la vida con los demás. Conectaron la Bogotá de hace 60 años con los ideales de vida y de comportamiento que tenían los europeos o la gente más rica de nuestra sociedad. Quizás de manera automática comencé a pensar que Bogotá se volvería una especie de ciudad europea o parecida.

Al pensar en el individualismo y en la soledad que han generado la globalización, comencé a preguntarme si se trataba de un proceso por el cual van pasando todas las sociedades, o si se trataba más de un proceso que es enfrentado de manera diferente por culturas diferentes. Comencé a comparar la cultura aymara-quechua-española de Bolivia, con la cultura mestiza completamente urbanizada de Bogotá y la cultura totalmente globalizada de Londres.

Siendo las tres completamente desiguales, cómo mirar en ellas la polaridad entre individualismo y vida colectiva/asociativa?
En la Bolivia del siglo 21, la gente en la calle se mira a los ojos, saluda a sus vecinos de mesa antes y después de las comidas en comedores privados o públicos, entabla conversaciones en cualquier sitio público, hay atención amable por las personas mayores o desvalidas. La gente, cualquiera que ella sea, se saludan y despiden con gestos amistosos. Bueno, uno podría decir que se trata de una ciudad pobre, pequeña, atrasada, que aún no se ha conectado con la globalización, pero es una ciudad amable y acogedora.

Cuando aterrizo en Bogotá me encuentro con una ciudad gigantesca, que junta todas las culturas de Colombia, dentro de un medio urbano en el que viven unas 9 millones de personas. Es una ciudad más insertada en los mercados globales, pero en la cual la comunicación entre la gente es más débil. Hay menos confianza y más sospecha. Aunque hay como ‘parches’ de amistad y de convivencia, estos se encuentran fragmentados y no existen la amistad y los gestos de respeto que se viven en La Paz.

Cuando uno llega a Londres (como del mismo tamaño que Bogotá), uno siente que todos los retos de los servicios públicos están resueltos, se hablan más de 200 idiomas, desde el principio hubo extrema riqueza y extrema pobreza, y el individualismo (según Monbiot) es el más grande del mundo. Se juntan estrechamente tradición y modernidad, es el mercado totalmente globalizado, y la vida comunitaria (la que uno vive en general, en la ciudad, junto con el vecino a quien no conoce) queda reducida al mínimo.

Como completando el círculo, la experiencia de los ‘mercados globales’ de Londres me llevaron de regreso a El Alto, encima de La Paz, donde los aymaras se han conectado con lo más globalizado del mercado. Ellos mantienen su idioma original, y las mujeres son quienes lideran las ventas y los negocios en los puestos callejeros de una ciudad del siglo 21, al tiempo que sus familias mantienen la conexión con las parcelas en las que siguen desarrollando la agricultura. De una manera aparentemente ‘fea, desordenada, anárquica’ (cuando la comparo con Bogotá o con Londres) los aymaras se insertan en la globalización a partir de mantener su lengua y su vida comunitaria. Logran conectar la Pachamama (el respeto por la madre tierra), con la naturaleza de la cual somos parte, con el estar bien en tanto valores de la comunidad.

Me parece que en uno de sus libros más recientes, Zygmunt Bauman “La Riqueza de unos Pocos nos Beneficia a Todos? / Does the Richness of the Few Benefit Us All?” nos presenta la foto instantánea del proceso en curso: el crecimiento de la desigualdad y la pérdida de lo comunitario / asociativo son los fenómenos centrales del proceso actual. No se trata de ningún ciclo de la economía que luego nos ofrecerá mejores resultados a todos. Según Bauman (y Naciones Unidas, y Charles Pikkety y numerosas ONGs), se trata de una mutación que está dándose actualmente: como diría Mateo: “al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará lo que le queda (Mateo, 13, 12)”. Aceptamos la desigualdad porque hemos sido convencidos de que el elitismo es eficiente y porque la exclusión es normal y necesaria. La desesperación resultante de aceptar esta mentira como verdad ineludible marca la vida de todos, todos los días.

Según Bauman, algunas grandes mentiras sobre las que se asienta la mentira mayor:
– El crecimiento económico es la única manera de enfrentar los retos de la coexistencia humana;
– El crecimiento del consumo es la mejor manera de satisfacer la búsqueda humana de la felicidad;
– La desigualdad entre los hombres es natural
– La competitividad es una condición necesaria y suficiente de la justicia social y de la reproducción del orden social.

Qué hacemos, resignarnos ante el conjunto de mentiras y aceptar la mentira mayor de las felicidad general que nos trae la riqueza de los pocos? O mejor actuamos escribiendo, hablando, tomando la iniciativa para construir la convivencia y la solidaridad humanas? No podemos aceptar el mundo que hemos creado.

Pachamama

Escuchando el sentido profundo que nos indican los aymaras, quechuas, urus, nos toca seguir el camino de respetar y de hacer permanentemente ofrendas a la Pachamama (madre tierra). Tenemos que defender al mundo que tenemos y para ello se vuelve central escuchar bien, pensar y actuar en los caminos señalados por líderes como el presidente Lula (trabajador, obrero, de origen popular), o de Evo Morales (indígena aymara, campesino y cocalero), o de José Mujica (origen humilde, medio campesino, ex guerrillero y uno de los presidentes más humildes) , o del Papa Francisco (sacerdote jesuita que critica la pobreza y la desigualdad, y quien ha opinado con fuerza acerca de las diferencias entre los «pobres perseguidos por pedir trabajo, y los ricos que son aplaudidos por huir de la justicia”).

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