Blanco es y Gallina lo Pone, qué es?

“Blanco es, gallina lo pone y … frito se come; qué es?”   Este es el dicho popular utilizado cuando uno tiene una adivinanza o un problema cuya solución es obvia. Aunque he sabido este dicho desde cuando era un niño, nunca me había imaginado cómo era la vida de las gallinas, o la de gallo y mucho menos cuando deciden (porque ellas son las que deciden!) que quieren tener pollitos. Todo esto lo he ido aprendiendo durante  el último medio año!

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Hace 177 días trajimos un gallo, tres gallinas y un pollo a La Costanza. Fue cuando comenzamos a aprender de ellos. Muy pronto descubriríamos que las gallinas no necesitaban el gallinero que “habíamos construido (Marcolino y Milton lo construyeron!) para que quedasen encerradas”. A las cuatro de la tarde de cualquier día, ellas entraban al gallinero y descansaban.

La primera tensión real  surgió cuando buscando gusanitos y lombrices, las gallinas desenterraron dos de las plantas de calabacín que había sembrado. La lucha siguió con las astromelias, con las remolachas, con las lechugas y con la rúgula. Nos dimos cuenta que si no cercábamos la huerta, tendríamos que encerrar las gallinas y nuestro punto de partida es que ellas fuesen libres.  Pero también aprendimos que todos los suelos se fertilizaron y comenzamos a producir compost de mejor calidad.

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Mientras construimos la cerca para proteger las lechugas y todas las demás plantas, fuimos aprendiendo sobre las gallinas y sus hábitos sociales. Fue muy interesante ver cómo exploraron muy tranquilamente la totalidad del terreno, y esto fue clave para poner huevos donde ellas consideraron mejor. Casi que desde que llegaron, comenzamos a tener de a 3 huevos criollos cada día y pudimos repartirlos entre nosotros, Doralba y Orlando.  Ha llovido montones y hemos aprendido que “aunque llueva a mares, el gallo no deja sus cantares”.  Aunque ya nos familiarizamos con su canto, a veces arranca como a las 3 o a las 4 de la mañana!

 Ahí tiene la gallina los ojos, donde tiene los huevos y los pollos

En el día No. 44 desde su llegada, una de las gallinas quedó culeca, comenzó a agrupar los huevos de ella (y nosotros adicionamos los de las otras dos gallinas) y ella quedó empollando 11 huevos. Entendimos entonces que “el que no arriesga un huevo, no saca un pollo”. Sucede con las gallinas y … con todo en la vida.

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Fue muy impresionante ver cómo ella se quedó totalmente quieta durante las siguientes 3 semanas, hasta que comenzaron a romper las cáscaras los pollitos.  En el día 67 nació el primer pollo en La Costanza y luego otros 7. Se quedó quieta, calentando y cuidando a sus pollitos por otras 3 semanas. Son 6 semanas de retiro total, después de las cuales el grupo sale a conocer su territorio. Hoy todos se suben a los árboles y son pollos grandes, listos para ser sudados, fritos o vendidos al mejor comprador.

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En el día 152 la segunda gallina comenzó a calentar 15 huevos (cuando se considera que 11 ya son bastantes!) y en el día 174 nacieron 9 pollos y sigue calentando los otros 6!

Así pues que en menos de 6 meses tenemos gallo, 3 gallinas, 6 pollos grandes y unos 9 pollitos! Ahora comenzamos a descubrir la verdad del dicho anónimo de que “Doce gallinas y un gallo comen tanto como un caballo.

Lechugas hidropónicas verticales

Fué fantástico conocer la experiencia que ha desarrollado Richard Ovalle en la vereda de Fagua, en Chía. Conocimos a este ingeniero mecánico por medio de Gladys Serna, desde la UMATA, Secretaría de Desarrollo Económico. Toda la instalación se encuentra a pocos metros de donde tiene su huerta casera Adela Cifuentes y su familia, socia de HortiAroma Chiguata.

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Durante los últimos 8 meses Richard se puso a la tarea de montar el prototipo del invernadero que está en la foto, y ha puesto en operación permanente dos de los 5 ramales productivos, que ya están produciendo lechugas de diferentes edades. Cada ramal produce unas 500 lechugas y el invernadero hecho en PVC y polietileno tiene capacidad para cinco ramales.

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Desarrollar la instalación presentó numerosos problemas. Unos de los que logré captar en la conversación fue seleccionar el tamaño adecuado de la instalación. Esta es una instalación grande, productiva y de bellos colores. Un segundo problema tuvo que ver con las elevadas temperaturas, que llevaron a desarrollar las ventanas que se muestran en la foto.

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Otro problema fue la instalación hidráulica, de manera que el cultivo vertical tenga un suministro de agua y alimento permanente. Es fabuloso ver el sistema hidráulico que distribuye agua cada 8 minutos, que es alimentado mediante la torre vertical (ver foto), y que es dosificado mediante una “caja electrónica” diseñada junto con el hermano de Richard. La caja tiene la capacidad de tomar energía de la red eléctrica de Chía, o del panel solar (mediante el uso de un inversor 12VC/110 VAC) que está instalado encima del pequeño taller que han desarrollado.

Una vez alimentadas las lechugas, el líquido rebosa y cae al piso, donde es reunido por una red subterránea, que reune el agua en un tanque, listo a alimentar el siguiente bombeo. La “caja electrónica” tiene capacidad de transmitir mensajes de texto, indicando las etapas que se encuentran operando.

Es sensacional ver cómo Richard y su hermano lograron desarrollar un sistema productivo adecuado para un medio urbano, que tiene la capacidad de tomar energía solar (o la de la red) para mover el circuito de aguas lluvias y desarrollar permanentemente unas 2,500 lechugas.

Nuestras felicitaciones van para Richard y su hermano. Necesitamos ahora ser capaces de replicar el modelo, de ensayar otros vegetales y, obviamente, de lograr buenos mercados de comida de buena calidad !

Ocetá: caminando en Iza y en Monguí

 

Escribo estas líneas en un café, ubicado a pocos metros de la esquina de las ranas, en Monguí, uno de los pueblos más bellos de Colombia.

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Llegamos la Flaca y yo al Hotel Termales del Batán, cerca de Iza, Boyacá, por puro chiripazo. El plan original era llegar con mi mamá y con Juan en diciembre pasado, pero ella se quebró la cabeza del fémur, y la única manera de no perder la consignación inicial era venir ahora. El hotel fue sugerido por Chelo, ya que ella conocía a su dueña, de apellido Castro, seguramente compañera de sus tiempos de joven en Sogamoso. Nuestro viaje fue también un volver a las muchas visitas que hicimos hace años a Javier y a Consuelo y a la familia de los Buchones.

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Cuadramos todo y aquí llegamos luego de un viaje de unas tres horas desde Chía. Excelente autopista.  Luego de registrarnos, le dimos vuelta a los terrenos del hotel y nos encontramos con un sitio muy bello, construido a menos de 3 kilómetros de Iza, con buenas instalaciones y con tres piscinas de baños termales. Un lugar bien hecho y sin muchos artificios. Libre de ruido y de propaganda. Con atención buena y amable. Nuestro cuarto, muy sabroso y con cama king. La más grande y cómoda en la que he dormido!

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El baño en la piscina fue muy sabroso. Alguna gente – toda de la región – bañándose y muy amables, conversadores. Algunos llegaron caminando, luego de recorrer las parcelas de pequeñas fincas y de pequeña agricultura que llenan la región. Luego del baño y debidamente apertrechados de buenos zapatos y pantalones nos metimos por un par de potreros enmontados, para poder ver de cerca, por los lados y por debajo, dos bellos árboles – uno un eucalipto, el otro un pino – cubiertos de largas barbas que los hacen parecer árboles centenarios. Fue hermosísimo.

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Al regresar decidimos recorrer un camino cercano al hotel. Lentamente comenzamos a subir la montaña, y fue absolutamente delicioso disfrutar los paisajes de suaves montañas en todas las direcciones y los aromas de las yerbas y las matas que el viento animaba. Podíamos escuchar el viento y su suave fricción con las hojas de los árboles. Podíamos ver la algarabía que armaban los pájaros. Casi no encontramos a nadie. Primero fue un señor, quien trabajaba en el campo, y luego una señora que caminaba, acompañada de dos perros  muy amistosos que ladraban como fieras.  Subimos y subimos por unos 30 minutos y luego regresamos.

El segundo día lo dedicamos a Monguí, pueblo que se ubica como a 3,000 mts sobre el nivel del mar. Dos planes diferentes y en paralelo: mientras que la Flaca sube al páramo de Ocetá, uno de los más bellos del mundo, junto con Emigdio, el guía, yo me dedicaré a recorrer Monguí. Hace un rato los llevé en carro al inicio de la subida, y realmente la vaina inicia como a 3,300 m.s.n.m. y subirán hasta los 4,000. Yo podría hacerlo si viviese a 3,300 y si hubiese practicado, pero si lo tratase de hacer hoy, simplemente forzaría el corazón a niveles impensables. Caminaré en Monguí!

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Mi primer trayecto lo hice por la plaza. Me senté en una cafetería, tomé masato y un pastel. Luego fui descubriendo unas siete fábricas de balones de fútbol. Todos hechos en Monguí, y de consumo nacional y extranjero. De todos los tamaños, diseños y colores. Luego pude ver un hotel que solamente atendía a sus clientes. Luego llegué a otra cafetería que vendía masato de quinua, y al lado hay dos oficinas de turismo, concentradas en el Páramo de Ocetá. Pasé luego por la esquina de las ranas, que te muestra un culto hacia la naturaleza y lo indígena, y finalmente, llegué al único café internet del pueblo, que estaba cerrado a las 10 de la mañana. Intenté entrar a la Basílica, pero también estaba cerrada.

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Siguiendo las recomendaciones de Emigdio caminé hacia el puente de Calicanto. Este fue un descubrimiento muy bello. Sale uno de la plaza hacia el puente y va regresando lentamente en el tiempo, hasta el año 1600, cuando los españoles organizaron el trabajo de los indígenas para construir el puente que permitió traer las piedras, desde la punta de ???? para construir la basílica. Cuando llegué al puente, un grupo de mulas lo estaban cruzando, campesinos y señoras.  En el extremo más lejano, un bello hotel, que en algún tiempo fue un molino de grano movido por una rueda Pelton.

Hacia las 3 de la tarde subí por Constanza y escuché sus historias sobre la visita al páramo y el contacto con una de las expresiones de la naturaleza que no ha sido tocada.

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Encontrar los bosques de frailejones, las estructuras de piedra, la bella neblina que escondió parte de lo que había que ver.

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Cuando regresamos a Iza pudimos sentir el larguísimo paso por Sogamoso. Una ciudad muy distinta a la que visitábamos en tiempo de los Buchones, o cuando íbamos a visitar a Javier y Consuelo en Belencito. Pero sigue siendo la capital de la provincia de Sugamuxi (que es un apelativo poderoso) y una fuerte conexión con la cosmogonía Chibcha. Sogamoso era asiento de las tribus indígenas desde antes de la llegada de los españoles.

La ciudad sigue creciendo. Aunque de una manera ordenada, no hay un urbanismo que le dé prioridad ni a la bicicleta ni al peatón. Sin embargo, lo que uno percibe refleja una fuerte actividad económica en los minerales, la energía, el turismo, el comercio inter-regional y su fuerte relación con los llanos, y bueno, la industria siderúrgica, que se sigue desarrollando.   Sigue siendo la ciudad del sol y del acero.