Ocetá: caminando en Iza y en Monguí

 

Escribo estas líneas en un café, ubicado a pocos metros de la esquina de las ranas, en Monguí, uno de los pueblos más bellos de Colombia.

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Llegamos la Flaca y yo al Hotel Termales del Batán, cerca de Iza, Boyacá, por puro chiripazo. El plan original era llegar con mi mamá y con Juan en diciembre pasado, pero ella se quebró la cabeza del fémur, y la única manera de no perder la consignación inicial era venir ahora. El hotel fue sugerido por Chelo, ya que ella conocía a su dueña, de apellido Castro, seguramente compañera de sus tiempos de joven en Sogamoso. Nuestro viaje fue también un volver a las muchas visitas que hicimos hace años a Javier y a Consuelo y a la familia de los Buchones.

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Cuadramos todo y aquí llegamos luego de un viaje de unas tres horas desde Chía. Excelente autopista.  Luego de registrarnos, le dimos vuelta a los terrenos del hotel y nos encontramos con un sitio muy bello, construido a menos de 3 kilómetros de Iza, con buenas instalaciones y con tres piscinas de baños termales. Un lugar bien hecho y sin muchos artificios. Libre de ruido y de propaganda. Con atención buena y amable. Nuestro cuarto, muy sabroso y con cama king. La más grande y cómoda en la que he dormido!

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El baño en la piscina fue muy sabroso. Alguna gente – toda de la región – bañándose y muy amables, conversadores. Algunos llegaron caminando, luego de recorrer las parcelas de pequeñas fincas y de pequeña agricultura que llenan la región. Luego del baño y debidamente apertrechados de buenos zapatos y pantalones nos metimos por un par de potreros enmontados, para poder ver de cerca, por los lados y por debajo, dos bellos árboles – uno un eucalipto, el otro un pino – cubiertos de largas barbas que los hacen parecer árboles centenarios. Fue hermosísimo.

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Al regresar decidimos recorrer un camino cercano al hotel. Lentamente comenzamos a subir la montaña, y fue absolutamente delicioso disfrutar los paisajes de suaves montañas en todas las direcciones y los aromas de las yerbas y las matas que el viento animaba. Podíamos escuchar el viento y su suave fricción con las hojas de los árboles. Podíamos ver la algarabía que armaban los pájaros. Casi no encontramos a nadie. Primero fue un señor, quien trabajaba en el campo, y luego una señora que caminaba, acompañada de dos perros  muy amistosos que ladraban como fieras.  Subimos y subimos por unos 30 minutos y luego regresamos.

El segundo día lo dedicamos a Monguí, pueblo que se ubica como a 3,000 mts sobre el nivel del mar. Dos planes diferentes y en paralelo: mientras que la Flaca sube al páramo de Ocetá, uno de los más bellos del mundo, junto con Emigdio, el guía, yo me dedicaré a recorrer Monguí. Hace un rato los llevé en carro al inicio de la subida, y realmente la vaina inicia como a 3,300 m.s.n.m. y subirán hasta los 4,000. Yo podría hacerlo si viviese a 3,300 y si hubiese practicado, pero si lo tratase de hacer hoy, simplemente forzaría el corazón a niveles impensables. Caminaré en Monguí!

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Mi primer trayecto lo hice por la plaza. Me senté en una cafetería, tomé masato y un pastel. Luego fui descubriendo unas siete fábricas de balones de fútbol. Todos hechos en Monguí, y de consumo nacional y extranjero. De todos los tamaños, diseños y colores. Luego pude ver un hotel que solamente atendía a sus clientes. Luego llegué a otra cafetería que vendía masato de quinua, y al lado hay dos oficinas de turismo, concentradas en el Páramo de Ocetá. Pasé luego por la esquina de las ranas, que te muestra un culto hacia la naturaleza y lo indígena, y finalmente, llegué al único café internet del pueblo, que estaba cerrado a las 10 de la mañana. Intenté entrar a la Basílica, pero también estaba cerrada.

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Siguiendo las recomendaciones de Emigdio caminé hacia el puente de Calicanto. Este fue un descubrimiento muy bello. Sale uno de la plaza hacia el puente y va regresando lentamente en el tiempo, hasta el año 1600, cuando los españoles organizaron el trabajo de los indígenas para construir el puente que permitió traer las piedras, desde la punta de ???? para construir la basílica. Cuando llegué al puente, un grupo de mulas lo estaban cruzando, campesinos y señoras.  En el extremo más lejano, un bello hotel, que en algún tiempo fue un molino de grano movido por una rueda Pelton.

Hacia las 3 de la tarde subí por Constanza y escuché sus historias sobre la visita al páramo y el contacto con una de las expresiones de la naturaleza que no ha sido tocada.

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Encontrar los bosques de frailejones, las estructuras de piedra, la bella neblina que escondió parte de lo que había que ver.

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Cuando regresamos a Iza pudimos sentir el larguísimo paso por Sogamoso. Una ciudad muy distinta a la que visitábamos en tiempo de los Buchones, o cuando íbamos a visitar a Javier y Consuelo en Belencito. Pero sigue siendo la capital de la provincia de Sugamuxi (que es un apelativo poderoso) y una fuerte conexión con la cosmogonía Chibcha. Sogamoso era asiento de las tribus indígenas desde antes de la llegada de los españoles.

La ciudad sigue creciendo. Aunque de una manera ordenada, no hay un urbanismo que le dé prioridad ni a la bicicleta ni al peatón. Sin embargo, lo que uno percibe refleja una fuerte actividad económica en los minerales, la energía, el turismo, el comercio inter-regional y su fuerte relación con los llanos, y bueno, la industria siderúrgica, que se sigue desarrollando.   Sigue siendo la ciudad del sol y del acero.

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